Lamiel
Lamiel Los ojos de Lamiel estaban soberbios de inteligencia y de clarividencia mientras, encerrada en una inmovilidad perfecta, observaba desde lo alto de su carácter a aquel joven tan elegante que hacÃa tantos gestos como una actriz de vaudeville.
«En realidad, no dice nada bonito —pensaba Lamiel—, no vale mucho más que ese imbécil de Juan Berville al que acabo de dejar. ¡Qué diferencia con el abate Clément! ¡Qué gentil hubiera estado éste trayéndome mi cajita!».