Lamiel
Lamiel Por fin, al cabo de un cuarto de hora que a Lamiel le pareció muy largo, el duque dio con un cumplido bonito y natural, Lamiel sonrió, y Fedor se transformó en seguida en un muchacho encantador. Dejó de parecerle horriblemente largo el tiempo, lo mismo que a Lamiel. Animado por este pequeño éxito que él notó con delicia, el duque estuvo muy simpático, pues era muy inteligente; sólo que la naturaleza había olvidado darle la fuerza de desear. Tanto y tan a menudo habían abrumado de consejos a este mozo sobre las mil ridiculeces que se cometen a los dieciséis años cuando hay que hablar en un salón como un hombre de mundo, que, al menor movimiento que hubiera que hacer, a la menor palabra que hubiera que decir, le dejaba pasmado el recuerdo de tres o cuatro reglas contradictorias y a las que no se debía faltar. Es el mismo embarazo que hace tan ramplones a nuestros artistas. La frase agradable que encontró queriendo seducir a Lamiel le dio audacia; olvidó las reglas y estuvo muy galante. Era difícil estarlo más.
«Yo debía haber despedido a mí Juan —se dijo Lamiel— y aprender de este hombre qué es el amor; pero acaso no lo sabe él mismo».
Pero en seguida, a fuerza de naturalidad, el duque llegó a estar o parecer demasiado natural.
—Adiós, caballero —le dijo inmediatamente Lamiel—; le prohíbo que me siga.