Lamiel
Lamiel Hacía tres horas que habíamos acabado una comida excelente, compuesta de manjares selectos traídos de París por los lacayos de la duquesa llegados en el correo, los ocho o diez comensales presentes nos esforzábamos por sostener una conversación que languidecía; la respuesta del doctor animó los ojos de todos, y nos estrechamos en torno al fuego.
Desde las primeras palabras, las expresiones rebuscadas del jorobado hicieron reír: tan especial era su seriedad. Para colmo de regocijo, las beldades de D, C, T y F le habían amado todas con locura.
Madame de Miossens que se moría de ganas de reír, nos hacía seña tras seña para que moderásemos nuestro regocijo.
—Van a matar la gallina de los huevos de oro —decía a monsieur de Sainte-Foi, sentado junto a ella—; haga correr la consigna: modérense, caballeros.