Lamiel

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Una noche, estábamos dibujando en las cenizas de la lumbre —hasta tal punto llegaba nuestra desocupación— las letras iniciales de las mujeres que nos habían hecho caer en las tonterías más humillantes para nuestro amor propio[13]. Recuerdo que fui yo el que inventó esta prueba de amor. El vizconde de Sainte-Foi dibujó M y B; luego la duquesa, sin salir de su tono de altivez aburrida, le exigió todo lo que le fuera posible contar sobre las locuras de mozo que había hecho por M y por B. Un anciano caballero de San Luis, monsieur de Malivert, escribió A y E; después de decir lo que podía decir, pasó las tenazas al doctor Sansfin; asomó una sonrisa a todos los labios, pero el doctor escribió orgullosamente D, C, T, F.

—¡Cómo!, ¿es usted mucho más joven que yo y tiene ya cuatro letras escritas en el corazón? —exclamó el caballero Malivert, que por su edad podía burlarse un poco.

—Como la señora duquesa ha exigido de nuestra obediencia que seamos sinceros —replicó gravemente el jorobado—, yo tengo que escribir cuatro letras.




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