Lamiel
Lamiel De no haber sido jorobado, el doctor no habrÃa hecho tonterÃas, y hasta habrÃa podido pasar por hombre inteligente, pero esta desgracia le llevaba al ridÃculo, pues querÃa hacer olvidar su joroba a fuerza de procederes estudiados.
Hubiera resultado menos ridÃculo vestido como todo el mundo; pero se sabÃa que encargaba sus trajes a ParÃs y, con una presunción verdaderamente insoportable en un pueblo normando, habÃa tomado como criado a un peluquero de la capital; ¡y querÃa que no se burlaran de él!
El médico estaba, pues, en posesión de una cabeza decorada con una magnÃfica barba negra demasiado crecida y dispuesta con mucho arte. La cabeza no hubiera estado mal, pero, como en la canción de Béranger, a esta cabeza le faltaba un cuerpo, De aquà la predilección de Sansfin por el teatro. Sentado en la primera fila de un palco, parecÃa un hombre como cualquier otro; pero, cuando se levantaba y dejaba ver un cuerpecillo menguado y contrahecho vestido a la última moda, el efecto era irresistible.
—¡Mirad esa rana! —exclamaba alguna voz en el parterre.
¡Qué calificativo para un conquistador!