Lamiel

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Lamiel mojó el pañuelo, se frotó la mejilla mala y se arrojó en los brazos del duque. Sí él no hubiera sido tan feliz y tan tímido, habría obtenido en aquel momento todo lo que tan ardientemente deseaba; pero cuando se atrevió, era un minuto demasiado tarde.

—En Ruan —le dijo Lamiel—, y no antes.

Se puso a bromear sobre su retraso, que la habría dejado en manos de los viajantes a no ser por el recurso del boticario.

El duquesito contó el gran lío en que se había metido; había cometido la torpeza de mentir con detalles. Había hablado a su madre de un viaje al Havre a ver el mar con unos amigos de París y se los había nombrado: el marqués de Tal y el vizconde de Cual. La duquesa los conocía a todos y quiso ser de la partida. Hasta el segundo día no se le ocurrió a Fedor inventar que el vizconde iba con mala compañía: una chica que daba prueba de mucho mérito en el Varietés… La duquesa le cerró la boca inmediatamente.

—Ve tú solo, o mejor no vayas…

Hubo que emplear medio día en conseguir el permiso. Acabó diciendo:

—Cuando no tengo a Duval no sé qué hacer.

—Pues yo no quiero a Duval, no quiero un rey holgazán[19]. Quiero verle obrar a usted mismo.


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