Lamiel
Lamiel El duque no habÃa viajado nunca sin Duval. Dio veinte sous a otro mozo, y éste le acompañó a la puerta de Lamiel, que, por primera vez en su vida, le esperaba con impaciencia.
—Venga acá, mi lindo amigo; ¿me ama a pesar de esta desgracia? —le dijo ofreciéndole a besar su mejilla enferma.
El duque fue heroico; la besó, pero no sabÃa qué decir.
—Le devuelvo su libertad —le dijo Lamiel—; vuélvase a su casa, usted no ama a las muchachas que tienen herpes en las mejillas.
—¡Sà por cierto! —dijo el duque con una resolución heroica—; se ha comprometido por mà y no la abandonaré nunca.
—Es verdad —dijo Lamiel—. Bueno, pues béseme otra vez…, le confesaré que son unas herpes que reaparecen cada dos o tres meses, sobre todo en primavera. ¿Siente la tentación de besar esta mejilla?
Era la primera vez que el duque la sentÃa responder a sus caricias.
—He conquistado su amor —le dijo besándola con entusiasmo—. Pero este mal —añadió con asombro— no afecta en nada a lo fresco y aterciopelado de su piel.