Lamiel
Lamiel Los viajantes estaban todavía en mayoría en la casa. Lamiel echó una ojeada al comedor y subió a su cuarto a ponerse una ligera capa de color verde en la mejilla. El efecto fue admirable. Diez veces durante la comida fue a verla la hostelera, que se echaba a reír al ver el gesto de susto de los viajantes cuando miraban a Lamiel. El marido, que presidía la mesa redonda, pregunto a su esposa la causa de aquella alegría, y la compartió en seguida. Colmaba de atenciones a la pobre muchacha que tenía herpes en la mejilla y se moría de risa cada vez que le dirigía la palabra.
A mitad de la comida llegó el duque, que puso una cara graciosísima cuando reconoció a Lamiel; el pobre mozo no pudo comer: tan consternado estaba de la falsa erupción que había dado un color abominable a la mejilla de su amada.
Lamiel tenía muchísimas ganas de hablar con él.
«¿Le amaré quizá? ¿Es ésta la parte moral del amor?».
No tenía la costumbre de resistir a sus fantasías; se levantó de la mesa antes del postre, y al poco rato se levantó también el duque. Pero ¿cómo encontrar el cuarto de su amiga, cómo preguntar por él? Tuteó al camarero, el cuál le dijo muy resuelto:
—¿En qué bodegón hemos comido juntos, para que me tutee?