Lamiel
Lamiel Mandaron a buscar un poco de verde de acebo, el boticario frotó la pasta de verde con el dedo, se acercó al espejo, se embadurnó una mejilla y luego miró a las damas: estaba horrible.
—Pues bien, señorita —dijo a Lamiel—, su coqueterÃa va a entrar en colisión con el amor a la tranquilidad; mañana por la mañana, antes de montar en diligencia, puede estar casi tan fea como yo.
Lamiel se rió mucho de la receta, pero, antes de dormirse, pensó más de una hora en Fedor.
«¡Qué diferencia! —se decÃa—; este boticario es razonable y tiene algo que decir, pero en seguida asoma el tonto. ¡Qué tono tan enfático tomó al ver el éxito de su receta! Estas gentes que tanto saben no me dan más deseo que el de callarme. Cuando estoy con mi duquesito tengo siempre ganas de hablar, pero le digo demasiadas cosas desagradables».
Al dÃa siguiente, no llegó el duque, y esta ausencia, que parecÃa una prueba de carácter, le hizo subir en la estimación de Lamiel.
«Le he mortificado demasiado con lo de su chaleco, y ahora se venga; mejor, no le creÃa capaz».