Lamiel
Lamiel Lamiel siguió este consejo e invitó a tomar el té al joven tÃmido, que resultó ser un boticario.
—¿No le parece —dijo a la hostelera después de alabar su té— que la señorita es demasiado guapa para viajar sola? Tiene unos ojos demasiado inteligentes y le convendrÃa adoptar un aire estúpido; pero como esta metamorfosis le es imposible, voy a darle una receta.
La palabra metamorfosis, pronunciada con énfasis, conquistó a la dueña de la posada. El boticario continuó cada vez más enfático:
—Los farmacéuticos hacen una pasta de hojas de acebo machacadas, ya saben, señoras, esas hojas que tienen unos pinchos en el borde y que son de un verde tan bonito. ¿Le repugnarÃa —dijo dirigiéndose especialmente a Lamiel— ponerse en una mejilla una de esas hojas machacadas?
La proposición suscitó una carcajada.
—¿Y para qué? —dijo Lamiel.
—Mientras no se lave esa mejilla, estará fea, y a poco que disimule esa mejilla con el pañuelo, le juro que ninguno de esos charlatanes de viajantes le molestará con sus galanteos.
Estuvieron riendo de la proposición hasta más de las once.
—La farmacia va a cerrar —dijo la hostelera.