Lamiel

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Llamó la atención de todos y, en seguida, todos la asediaron. Había observado que, viajando en la diligencia, los epigramas rayanos en el insulto producían más efecto que la punta de las tijeras. Uno de aquellos viajantes que estaba a la mesa se dedicó a perseguirla con sus piropos de una manera realmente molesta; decía conocerla y se puso a contar sus conquistas.

—Parece ser, caballero —le dijo Lamiel—, que está acostumbrado a vencer al primer golpe.

—La verdad es —repuso el viajero— que las beldades de Normandía no me hacen consumirme en la espera.

—Pues bien, seguramente es hoy tan seductor como de costumbre; hace una hora que me está haciendo la corte, yo soy normanda y me precio de serlo, y, ¿por qué será que me parece usted tan ridículo y tan aburrido?

La carcajada fue universal. El Lovelace empujó su silla con furia y salió del comedor.

Lamiel se había fijado en un joven muy feo y de aspecto tímido; le dirigió la palabra con gracia; el joven apenas pudo contestar y se puso colorado. En unos minutos, Lamiel se ganó un protector. Le aconsejó a media voz que pidiera té a la dueña de la posada y le rogase que le hiciera compañía.

—Dele treinta y cinco sous, y por ese precio tendrá su protección durante la noche.


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