Lamiel
Lamiel Lamiel llegó temprano a B…; pero, al día siguiente, Fedor no apareció. «Bien tonta soy en esperarle; quizá no habrá podido mandar sus baúles a Ruan. Pero ¿qué necesidad tengo yo de esta linda muñeca? ¿No poseo tres napoleones? De sobra para llegar a Ruan». Lamiel tomó intrépidamente la diligencia de la tarde; la encontró ocupada por cuatro viajantes de comercio y la irritó el tono de estos señores. ¡Qué diferencia con el duque! Al poco rato sintió mucho miedo, y poco después tuvo que coger las tijeras.
—Caballeros —les dijo—, puede que algún día tenga un amante, pero no será ninguno de vosotros; sois demasiado feos. Esas manos que intentan coger las mías son manos de herrador, y si no las retiráis inmediatamente, os las voy a desollar con mis tijeras —y así lo hizo, con gran asombro de los viajantes.
Hay que decir, en descargo de los mismos, primero, que la muchacha era demasiado bonita para viajar sola, y en segundo lugar, que todo era honesto en ella excepto la mirada, una mirada tan inteligente que, a unas personas groseras y poco clarividentes en cuestión de matices podía parecerles provocativa. Lamiel llegó a las nueve de la noche a… Al entrar en el comedor de la posada encontró en la mesa doce viajantes de comercio.