Lamiel

Lamiel

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Fedor bajaba la cabeza sin escuchar el fin de este discurso; estaba rojo como la púrpura. Las crueles palabras tendrá el valor habían despertado en él al caballero francés.

—Es usted cruelmente desagradable —dijo a Lamiel— y muy loco tengo que estar para amarla.

—Pues no me ame; dicen que el amor inspira la abnegación, y o mucho me equivoco o su corazón no está hecho para ocuparse seriamente más que de los preciosos chalecos que su sastre le manda de París.

En este momento Fedor hizo todo lo que pudo por no amarla; pero se dio cuenta de que no volver a verla era un sacrificio superior a sus fuerzas; sólo vivía cada día la hora que pasaba con ella. Le dijo cosas encantadoras con bastante calor y sobre todo con una gracia a la que Lamiel comenzaba a ser muy sensible.

Hechas las paces, subió Lamiel al caballo, no sin ciertos detalles encantadores para un enamorado. Imposible encontrar una muchacha más bonita, más lozana y sobre todo más excitante que Lamiel en aquel momento; solamente le faltaba estar un poco más llenita. «Es una de las ventajas de ser tan joven», pensó el duque. Como llevaba hasta la acrobacia el arte de montar a caballo, saltó sobre el suyo después de Lamiel y varias veces, en la espesura del bosque, obtuvo permiso para besarla.


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