Lamiel

Lamiel

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—Bueno, me voy a ir a B…, sola; vaya mañana a B…, a no ser que el asunto del chaleco de moda le retenga en el castillo.

—¡Qué cruel es! ¡Cómo abusa del pasmoso ingenio que el cielo le ha dado! ¿No es mi primer amor?

El duque hablaba con gracia y no carecía de ideas, unas graciosas ideas muy elegantes, muy bonitas. Lamiel le hacía justicia en este aspecto, pero el recuerdo del chaleco en dos tonos de gris lo estropeaba todo.

—Es mejor para los intereses de su prudencia que yo salga sola. Si mis pobres tíos caen en la debilidad de pedir consejo el procurador Bonel, nuestro vecino, no podrán acusarle de rapto. Y, en realidad, puedo jurarle que de rapto hay muy poco. Por prudencia, pase mañana en coche por su puerta y hágase ver en el pueblo.

Lamiel y su amigo estaban paseando por el bosque, lleno de charcos de tres o cuatro pulgadas de profundidad que obligaban a los peatones a dar muchas vueltas. Lamiel, pensando en sus tíos, estaba triste y pensativa e interrumpió un silencio bastante largo para decir al duque con un aire de profunda convicción:

—¿Tendrá el valor de llevarme en la grupa hasta las cercanías de Clargeart, al otro lado del bosque? Allí podría tomar, al paso, el coche de Vire, y en el caso, poco probable, de que salieran en persecución mía, nadie pensará que he atravesado el bosque en el estado en que se encuentra.


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