Lamiel
Lamiel Al día siguiente, los prados estaban anegados, pero hacía un tiempo espléndido. A las tres, Lamiel estaba en un puente a trescientos pasos de la carretera general. Fedor no tenía el menor propósito de decir nada aquel día sobre el gran paso del rapto.
—Me ha dado tanta pena dejar la casa y a esos pobres viejos tan aburridos —dijo a Fedor—, que no quiero volver.
El duquesito no era ya el hombre de la víspera; esta declaración le sorprendió y la puso en gran apuro. Pero Lamiel le explicó que, ya con su pasaporte, iba a alquilar un caballo y dirigirse a B…, donde le esperaría un día o dos; el duque recuperó el ánimo, y Lamiel, notando su alegría, le preguntó si había recibido los chalecos de París. Y es que la víspera el duque le había hablado con todo detalle de una deliciosa colección de chalecos de caza que le iba a mandar su sastre; había sobre todo uno, rayado en dos tonos de gris, que hacía un efecto precioso; y además, una cazadora que estaba de moda aquel año.
Oyendo al duquesito describir tan minuciosamente el chaleco rayado en dos tonos de gris, Lamiel se dijo: «Después de todo, le gusta que yo le cuente todos los detalles de mi vida en la casa, así que también él me habla de lo que le interesa».
Esta sensata reflexión atenuó su desprecio.
