Lamiel

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—No son más que las nueve: el alcalde está en la taberna; voy a sacarle ese papel. Si no va a consultar al cura, el documento es nuestro.

Aquella misma noche, a las doce menos cuarto, el guarda fue al castillo, aunque hacía un tiempo horrible, y entregó al duque un pasaporte con un nombre escrito así: Guana Jerta Leviail. Lo he escrito yo. Hubiera podido escribir lo que quisiera.

El duque le dio de propina tantos napoleones como francos esperaba Lairel.

A las ocho, pasó por la puerta de Hautemare y se paró en un lugar estratégico con el pasaporte en la mano. Lamiel lo vio muy bien.

«Pues no es tan tonto —pensó—; pero quizá ha vuelto Duval». Luego, contra lo que esperaba, sintió lástima de los dos pobres viejos a quienes iba a abandonar. Les escribió una carta muy larga y bastante bien hecha. Comenzaba por regalar a su tía todos sus preciosos vestidos, luego prometía volver a los dos meses y sin haber faltado a sus deberes. Por fin, aconsejaba a sus excelentes parientes que dijeran que se había marchado con su consentimiento para ir a cuidar a una anciana tía enferma cerca de Orleáns, en su tierra. Recordaba la invitación de esta tía; Vitoria Poitevin, con una hacienda de sesenta luises.


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