Lamiel

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Lairel reflexionó mucho; era un hombre de mucho carácter, fuerza de voluntad y escasa inteligencia; no inventaba. Por primera vez en su vida, el duque tuvo que pensar o inventar. Pronto halló un medio.

—Tiene una sobrina: pida un pasaporte para ella. Ha heredado a un pariente en Forges, más allá de Ruan, pero tiene que hablar con un procurador de Ruan y luego con un pariente coheredero que vive en Dieppe. Es posible que tenga que ir a París, De modo, mi querido Lairel, que un pasaporte para Ruan, Dieppe y París. Me entregará el pasaporte, y tres días después le dirá al alcalde que la muchacha lo ha extraviado. Le den o no le den otro pasaporte, se desanima de ese viaje, pues la pérdida de un pasaporte es un mal augurio, y se queda. Yo haré que le escriban de Ruan una carta que hablará de la herencia y dirá que ya no es necesario el viaje.

—Voy a hacer todo eso al pie de la letra —consintió Lairel—; ¡pero el honor! ¡El nombre de mi pobre sobrina lo va a llevar alguna señorita que el señor duque se trae de París!

—Quizá tiene razón; pero cambie un poco la ortografía del nombre de su sobrina. ¿Cómo se llama?

—Juana Berta Laviele, de diecinueve años.

El duque arrancó una página del registro del guarda y escribió: Juana Gerta Leviail.

—Procure obtener un pasaporte a este nombre.


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