Lamiel

Lamiel

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Llegó al Havre la duquesa de Miossens, y Fedor se echó a temblar como una hoja. Un día, dando el brazo a Lamiel, que por suerte llevaba un gran sombrero, vio a su madre venir por la calle de París (que era la calle de moda del Havre). Lamiel creyó que el duque se iba a caer de miedo, y le exigió que pasara bravamente al lado de su madre; pero por la noche, después del teatro, Lamiel le concedió que se irían a Ruan. El pobre Fedor, a pesar de Lamiel, fue a ver a su madre y a pedirle perdón por no haberse atrevido a saludarla a causa de la mujer a quien daba el brazo. Su madre le recibió con una severidad terrible y acabó por arrojarle de su presencia, reprochándole la insolencia, después de semejante conducta, de presentarse sin pedirle permiso. El duque se volvió adonde su amante. Estaba tan cambiada, que la duquesa, que la vio muy bien, no la reconoció a pesar de su tipo soberbio y difícil de confundir.

Lamiel tenia ahora ciertas finuras, y había perdido su aspecto de corza dispuesta a la carrera.

Dos veces escribió a sus tíos unas cartas que el duque hizo echar al correo en Orleáns y que podían confirmar aquella fábula de la herencia que ella les había aconsejado contar en el pueblo al día siguiente de su partida.


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