Lamiel
Lamiel Lamiel pasó un mes en Ruan; se aburría profundamente. El duque había llegado a tener por ella una verdadera pasión, y esto la aburría cada día más. Pero Lamiel no leía en su propio corazón más que el tedio que la abrumaba. Aunque le hacía leer en voz alta más de cuatro horas diarias a aquel pobre Fedor, que estaba débil del pecho, Lamiel no había llegado todavía a poder adivinar las causas de su aburrimiento. Como era tan irreflexiva, dos o tres veces se sorprendió a punto de consultar al duque sobre este extremo, pero se contuvo a tiempo.
Recurrió a toda clase de inventos para no aburrirse; un día, se le ocurrió que el duque le enseñara geometría. Esta ocurrencia aumentó el amor del mozo. En todo lo que no se refería a los derechos imprescriptibles de la nobleza y al partido que ésta podía sacar del clero, el estudio de la geometría había enseñado a este joven alumno de la Escuela Politécnica a no dar demasiada importancia a las palabras[20]. Sin apreciar todo lo que debía a la geometría, Fedor la amaba con pasión; le entusiasmó la facilidad con que Lamiel entendía los elementos de esta ciencia.
El estudio y el mucho pensar hicieron de Lamiel una muchacha muy diferente de la que seis semanas antes había dejado el pueblo. Comenzaba a poder dar un nombre a los pensamientos que la preocupaban. Se decía: