Lamiel
Lamiel «Una muchacha que huye de casa de sus padres se conduce mal; esto es tan cierto, que tiene que ocultar lo que hace; ahora bien, ¿por qué nos conducimos mal?; por divertirnos, y yo me muero de aburrimiento. Necesito razonar para encontrar algo agradable en mi vida. Tengo el teatro y un coche cuando llueve, y además hay que pasear por esa avenida de grandes árboles a orillas del Sena que me sé de memoria; el duque dice que pasear por el campo es innoble. ¿Qué pareceríamos? —me dice—. Pues pareceríamos unas personas que se aburren». Y también me dice, incluso con aire de querer contrariarme, que esto que digo es un poco vulgar y de mal tono.
«Ya me aburría bastante a los ocho días de haberme enseñado Juan Berville, por mi dinero, lo que es el amor, ¡pero, Dios mío, dos meses con él, y además en este Ruan tan oscuro, donde no conozco a nadie!».
De pronto se le ocurrió una idea. «Cuando le volví a ver después de las cortesías de esos animales de viajantes presumiendo de Lovelaces, me pareció agradable; voy a echarle por tres días».
—Querido —le dijo—, vete a pasar tres o cuatro días con la señora duquesa; le debo mucho, y si algún día se entera de que es a mí a quien debe la vida desordenada que llevas en Ruan, podrá creerme una ingrata y esto me daría mucha pena.