Lamiel
Lamiel «Esto no es grosero como los viajantes, pero es muy ramplón».
Lamiel era completamente feliz y había olvidado al duque casi por completo, cuando, a los dos días apareció éste.
«¡Ya!», se dijo.
Lo encontró completamente loco de amor, y lo que es más, pasando el tiempo en demostrarle, con bellas razones, que estaba loco de amor.
«De modo —pensaba la campesina normanda— que vas a resultar más aburrido todavía que de costumbre».
En efecto, este ensayo de libertad de dos días había vuelto a Lamiel completamente rebelde al aburrimiento.
Al día siguiente por la mañana, cuando, después de levantarse, volvió el duque a besarle las manos, Lamiel pensaba:
«Este mozo está hecho un lío con lo que le pasa; en cuanto hay que hacer algo, es un hombre en dos tomos: necesita un Duval».