Lamiel

Lamiel

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Al volver a Ruan, fue reconocida por los jóvenes que la veían todas las noches en el teatro, y Marta recibió dos esquelitas escritas rápidamente a lápiz que le pusieron en la mano con una moneda. Quiso dárselas a Lamiel.

—No, guárdeselas —dijo ésta—, se las dará a monsieur Miossens cuando vuelva, y él también se las pagará.

A la hora del teatro, Lamiel echó de menos por un momento al duque; luego exclamó:

—Pues, no; bien pensado, prefiero perder el teatro a verle llegar con su ramo acostumbrado.

Luego fue corriendo a ver a la dueña del hotel.

—¿Quiere que alquile un palco para que me acompañe al teatro?

Las hostelera dijo que no, pero luego aceptó y mandó a buscar a un peluquero.

«Bueno, pues yo tengo espíritu de contradicción», se dijo Lamiel; todavía tenía su pastilla verde y se pintó la mejilla izquierda.

Pero el palco estaba también en el lado izquierdo del teatro; Lamiel atrajo todas las miradas del público elegante, y a medianoche le llegaron al hotel tres cartas larguísimas, esta vez escritas con tinta. Las leyó muy por encima, con una prisa que se transformó en seguida en repugnancia.


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