Lamiel

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—Sí —contestó Marta en voz baja.

—¿Y qué me dice de ellos?

—Que es una cosa muy buena.

—Pues para mí es lo más aburrido. Todo el mundo me alaba ese amor como la mayor de las felicidades; en todas las comedias no se ve más que gente hablando de amor; en todas las tragedias se matan por amor; yo quisiera que mi amante fuera mi esclavo, y así le echaría al cabo de un cuarto de hora.

Marta estaba pasmada de asombro.

—¡Y usted, señorita, que tiene un hombre tan guapo! Alguien decía el otro día a la señora que la conocía muy bien, y que monsieur Miossens se la había quitado a otro amanee que le daba a usted mil francos al mes.

—Apuesto —dijo Lamiel— que ese alguien era viajante.

—Pues sí, señorita —dijo Marta abriendo mucho los ojos.

Lamiel se echó a reír.

—¿Y no daba a entender ese viajante que había tenido el honor de conseguir mis encantos?

—Pues sí —dijo Marta bajando los ojos.

Lamiel se apoyó sobre un árbol y rió hasta perder la respiración.


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