Lamiel
Lamiel Sería difícil expresar los arrebatos de júbilo que sintió en el momento de partir la diligencia para París. Encogida en un rincón, con la mejilla bien verde, reía y saltaba de alegría al imaginarse el apuro del duque al volver al hotel y no hallar ni amante, ni dinero, ni equipaje. En las primeras horas, Lamiel tuvo algún temor de ver llegar a Fedor galopando en su caballo de postas. Había encontrado un recurso contra este accidente; fingir que no le conocía. Por otra parte, se había cuidado de hacer creer en el hotel que salía en la diligencia de Bayeux, y en efecto, por esta carretera la persiguió el pobre Fedor.
Aquella noche de viaje, huyendo de un amor tan atento y tan fino, fue seguramente el momento más feliz que Lamiel había pasado en su vida. Tenía un poco de miedo a los ladrones de París; al bajar en la diligencia, se le ocurrió la inoportuna idea de querer hacer creer que conocía París, y preguntó por un gran hotel cuyo nombre decía haber olvidado. La llevaron al hotel X…, en la Rue de Rivoli, a unas habitaciones en el quinto piso que costaban quinientos francos al mes.
Un poco extrañada de la numerosa servidumbre y del lujo de la casa, se hizo anunciar a la dueña y preguntó, con aire misterioso y rogándole que guardara el secreto, la dirección de un buen médico. Se le había ocurrido esta sutileza recordando una de las anécdotas que le contara el duque.