Lamiel

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Al día siguiente, nueva visita a la dueña del hotel.

—Señora —le dijo—, es la primera vez que vengo a París. Como no llevo doncella, temo mucho que me sigan en la calle; quisiera ir vestida como una pequeña burguesa; ¿tendría la amabilidad de acompañarme a comprar un traje completo de esta clase?

La dueña del hotel admiró a esta muchacha vestida con los trajes más caros que quería transformarse en pequeña burguesa. Un detalle aumentó el asombro de madame Le Grand, la dueña del hotel: Lamiel tenía calor, y al entrar en el gabinete de madame Le Grand, sacó el pañuelo y se quitó casi por completo la mancha verde de su mejilla. Madame Le Grand sintió gran curiosidad; comenzó por estudiar el pasaporte de aquella joven tan singular y la trató con tanta bondad, que, al día siguiente, Lamiel le confesó que, fastidiada por las atenciones de los viajeros y sobre todo de los viajantes, había seguido el consejo de otro viajero, boticario de oficio, pintándose la mejilla con verde de acebo.

A los dos días, todo el hotel estaba admirado de aquella esbeltísima joven, de gestos un poco desordenados sin duda, pero tan bien formada y que empleaba una pintura tan singular para la cara. Madame Le Grand le hizo el favor de mandar echar en el correo de Saint-Quintin una carta dirigida a monsieur de Miossens, en X, concebida así:


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