Lamiel

Lamiel

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«Querido amigo, o más bien señor duque:

»He admirado sus maneras perfectas; sus bondades infinitas y nunca vistas me han quitado casi el valor de decirle unas palabras que seguramente no permitiría, y que me parecen crueles, pero necesarias para su felicidad y para su tranquilidad. Es usted perfecto, pero sus atenciones me aburren. Creo que preferiría un simple campesino que no se preocupara constantemente de decirme cosas delicadas y de complacerme. Creo que me gustaría un hombre de humor franco, y muy sencillo, y sobre todo, no tan fino. He dejado al pasar sus equipajes y mil quinientos cincuenta francos en Cherburgo».

No hacía falta más para que Fedor se precipitara a la carretera de Cherburgo, corriendo a rienda suelta para examinar todas las caras en el camino. A pesar de la carta de Lamiel, no renunció a la locura de buscarla que le obsesionaba desde su huida. En Ruan, al encontrarse sin dinero, sin amante y sin ropa, estuvo casi por pegarse un tiro. Nunca hubo hombre tan perplejo. Todas las previsiones de Lamiel se cumplieron.

Lamiel, por su parte, habría olvidado por completo al duquesito, que había tenido el arte de asfixiar el amor entre dulzuras, sí no le hubiera servido de término de comparación para juzgar a otros hombres.


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