Lamiel
Lamiel Lamiel era tan natural y tan viva en sus maneras, que madame Le Grand le tomó una gran simpatía, y no tardó en encontrar aburrido su gabinete cuando no estaba en él la singular muchacha. En vano la sermoneaba su marido sobre lo imprudente que era tratar con tanta intimidad a una desconocida; madame Le Grand no contestaba, pero su interés por nuestra heroína era cada vez mayor. Varios jóvenes que gastaban mucho vivían en este hotel, y comenzaron a hacer la corte a madame Le Grand, nada contrariada por la presencia en su saloncito de aquellos distinguidos caballeros. Observó con gusto e hizo observar a monsieur Le Grand que, en cuanto aparecían los visitantes, la joven desconocida no hablaba una palabra; era evidente que no le interesaba llamar la atención.
La única pasión de Lamiel era entonces la curiosidad; no hubo nunca criatura más preguntona; acaso era ésta la causa de la simpatía de madame Le Grand, que se complacía en contestar y en explicarlo todo. Pero Lamiel comprendía ya que hay que ser considerada, y no salía nunca por la noche. Sentía mucho no ir al teatro, pero el recuerdo de los viajantes la hacía prudente.