Lamiel

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Lamiel vio la necesidad de contar su historia a madame Le Grand, pero había que inventarla, y ella desconfiaba de su atolondramiento; era incapaz de mentir, porque olvidaba las mentiras. Escribió, pues, su historia y, para poder dejarla en su cómoda, dio a esta historia la forma de una carta justificativa dirigida a un tío, monsieur de Bonia.

Dijo, pues, a madame Le Grand que era la hija segunda de un subprefecto al que no podía nombrar. Este subprefecto, loco de ambición, tenía cierta esperanza de ser incluido en la primera hornada de prefectos, y no negaba nada a un viudo rico, afiliado a la Congregación y que le prometía veintiún votos de legitimistas. Mas este monsieur de Tourte ponía por condición a sus veintiún votos casarse él con Lamiel; pero a ella le horrorizaba su rostro amarillo e hipócritamente beato.

—Es muy sencillo —comentó madame Le Grand—; a mi querida Lamiel le gusta un buen mozo que, en lo que toca a fortuna, no tiene más que esperanzas.

—Pues no —exclamó Lamiel—, entonces me aburriría menos y sabría en qué emplear mi vida. El amor, que al parecer constituye la soberana felicidad de todo el mundo, a mí me parece una cosa muy insípida, y me atreveré a decir que muy aburrida.

—Lo que quiere decir acaso que ha tenido amores con un hombre aburrido.


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