Lamiel

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«Me estoy comprometiendo —se dijo Lamiel—; hay que volver a la verdad».

—No —repuso en el tono más natural que pudo—; me han hecho la corte; mí primer pretendiente se llamaba Berville y no le interesaba más que el dinero. El otro, llamado Leduc, era muy pródigo, pero el día más feliz de mi vida ha sido aquél en que puse tierra por medio entre él y yo. Un tío mío me dejó mil quinientos cincuenta francos; al día siguiente los iban a depositar en casa de un notario. Yo pedí que me dejaran ver de cerca los bellos napoleones de oro y el billete de mil francos; eran las ocho de la noche; mi padre salió para ir a preparar su elección; yo me escapé por el jardín de la subprefectura con todos los baúles que acababan de traer de París una parte de mí equipo de novia, pues monsieur de Tourte es tan generoso como feo, y ya es decir, y mi padre le devolverá lo que le costaron esos vestidos que me gustan. Cuando se acaben las elecciones en nuestro distrito y se anuncie en Le Moniteur la hornada de prefectos, mi padre estará tan contento si sale prefecto, que me perdonará fácilmente. Si se queda en subprefecto, la cosa resultará mucho más difícil. Ese monsieur de Tourte es omnipotente en la opinión en nuestro distrito: su hermano es gran vicario.



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