Lamiel
Lamiel Esta marquesa que, desde 1818, fecha en que yo comencé a cazar perdices, se moría de ganas de ser duquesa, tenía unas maneras admirables y una perfección tan dulce que, aunque la caza me llevara dos o tres veces al año a su castillo de Carville, su manera de producirse me engañaba durante dos días, y la creía con ideas; pero no tenía más que la perfección de la jerga del mundo. Lo que me divertía y me impedía caer en la necedad de tomar aquella casa en serio es que a aquella futura duquesa no se le podía reprochar, ni una sola idea clara; ella lo veía todo desde el punto de vista de una duquesa y de una duquesa cuyos abuelos estuvieron en las Cruzadas.