Lamiel
Lamiel Debo confesar que contribuía a mi ilusión el hecho de que la marquesa, a pesar de sus cuarenta y cinco años, tenía un rostro muy noble. Se parecía muchísimo a ese retrato de la marquesa Du Deffand que los editores ponen al frente de la Correspondencia de Horacio Walpole; se habían pasado la vida esperando la muerte de un suegro de ochenta años para cambiar su título de marquesa por el de duquesa. Simple marquesa, pero muy noble en realidad e hija de un cordon bleu, exigió de la sociedad del Faubourg Saint-Germain, tal como era ésta en 1820, los respetos que en aquel mundo se rendían a una duquesa. Como no poseía una belleza superior a todas las bellezas, ni una fortuna como la de Rothschild, ni un talento como el de madame de Staël, el Faubourg de 1820 no quería concederle los respetos pagados a una duquesa. Entonces, por honor y culpa de un amigo que le abrió los ojos sobre la injusticia de sus pretensiones actuales y sobre los disgustos que tendría que sufrir, la marquesa se enterró en Carville con el pretexto de que sus pulmones necesitaban el aire del mar, pues añadía históricamente: «Monsieur de Miossens no me trajo a Francia hasta 1815, y yo he vivido en Inglaterra desde mi primera infancia».