Lamiel
Lamiel Una noche, le dieron a Lamiel las doce en las habitaciones de madame Le Grand, y, por entretenerse, se puso a coquetear con el gordo monsieur Le Grand; estaba estudiando en este hombre la completa ausencia de imaginación, cuando se oyó un gran ruido en la calle y en seguida a la puerta del hotel. Era uno de los jóvenes que vivían en la casa y al que traían borracho como una cuba.
—¡Ah, otra vez el conde de Aubigné! —exclamó madame Le Grand.
El aludido era lo que se llama en París un hombre muy simpático que se dedicaba alegremente a dilapidar una fortuna de ochenta mil libras de renta que le había dejado el bravo general De Aubigné, tan célebre en las guerras de Napoleón. Hacía sólo tres años que había heredado, y ya se veía reducido a vivir en un hotel. Había tenido que vender su casa.
Aquella noche, la borrachera de De Aubigné consistía en hablar constantemente y no querer subir a su cuarto.
—¿Para qué subir dos pisos, si habrá que bajarlos mañana?
