Lamiel

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Madame Le Grand, que intentaba hacerle subir, no pudo obtener otra respuesta. Los dos criados que le habían traído se marcharon, y el conde amenazaba con liarse a puñetazos a la inglesa contra los de la casa, los cuales pidieron permiso a la señora para no tratar con aquel ser desagradable. El conde cogió al vuelo estas palabras.

—Pues no, no es un ser desagradable; yo veo muy bien que se calla en cuanto yo entro en el saloncito de madame Le Grand; pero no importa, esa muchacha tiene algo singular, algo original. Y yo quiero formarla. Con esos pasos tan grandes que da, me avergonzará cuando yo la lleve del brazo; no sabe llevar un chal; pero la conquistaré o moriré en la demanda. ¡He conquistado a tantas!… Pero sí, eso es, ésta no es como todas, y me dicen que suba, pero yo no quiero ser como los otros. Los otros suben todos, y yo no subiré; ¿y no tengo razón, madame Le Grand?, ¿para qué subir si hay que bajar mañana por la mañana?

Esta charla incoherente duró una hora larga. Madame Le Grand estaba muy apurada. Había sido doncella de casa grande y tenía tal fondo de cortesía, sobre todo con un joven que se arruinaba como un señor, que por nada del mundo hubiera violentado al conde. Pero había que irse a la cama, y estaba ya pensando en mandar despertar a los pinches de cocina, cuando el conde se puso a explicar por segunda vez sus planes sobre Lamiel.


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