Lamiel
Lamiel Entonces madame Le Grand llamó a la joven, que había huido al oír repetir su nombre, y le rogó que ordenara al conde de Aubigné que subiera a sus habitaciones.
—Pero, mi querida madame Le Grand, piense que mañana ese señor conde se creerá con derecho a dirigirme la palabra.
—Mañana no se acordará de nada y vendrá a pedirme perdón. Le conozco, no es la primera vez que vuelve en este estado. Tendré que invitarle muy finamente a que busque otro hotel. Es muy altanero, tutea a los sirvientes, y por eso no quieren llevarle a sus habitaciones.
—Entonces, ¿se emborracha muy a menudo? —preguntó Lamiel.
—Creo que todos los días; su vida es una serie de locuras; quiere pasar por el hombre más loco de todos los que brillan en los palcos de la ópera. Últimamente no estaba tan cansado como esta noche, y sin embargo se le ocurrió moler a bastonazos al cochero que le traía.
«¡Ah, éste no es un muñeco como mi duque!». La idea de verle zurrar al cochero que le traía le gustó mucho a Lamiel, y, como madame Le Grand insistiera en lo que le pedía, se dirigió hacia la escalera y ordenó resueltamente: