Lamiel

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—Señor conde de Aubigné, suba inmediatamente al número doce.

De Aubigné se calló, la miró fijamente, y luego dijo:

—¡Así se habla! Todos los demás me dicen: suba a sus habitaciones; esta inteligente criatura, nuevecita, recién llegada de provincias, cree que he olvidado el número de mí departamento y me dice: suba al número doce. Bueno, a esto le llamo yo una cortesía perfecta… Y, ¿va a poder decir nadie que De Aubigné ha resistido a las órdenes de una mujer bonita… y que además no tiene amante por el momento? ¡Jamás! Mademoiselle Lamiel, la obedezco y subo al número doce… No es el número once, ni el número trece (¡zape, el trece es de mal agüero!); subo justamente al número doce.

Cogió la vela que le ofrecía madame Le Grand y subió muy resuelto al número doce, repitiendo veinte veces que no se negaría a lo que le pedía aquella Señorita que por el momento no tenía amante.

Al día siguiente, envuelto en una magnífica bata y tendido en su sillón estilo Voltaire:

—Vamos, tunante —dijo el conde de Aubigné al primer camarero del hotel que entró en su cuarto—, cuéntame lo que hice anoche cuando volví un poco alegre.


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