Lamiel

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—Ya le he dicho —contestó el criado con el tono grosero de la cólera de un sirviente— que no le contestaré cuando me hable así.

El conde le arrojó un escudo de cinco francos; el criado lo recogió y levantó el brazo como para tirárselo al conde a la cabeza.

—¡Vamos! —dijo el conde riendo con afectación recordando a Firmi, del Théâtre Français (papel de Moncada).

—No sé por qué no se lo tiro a la cara —dijo el criado palideciendo—; pero tengo miedo de romper las porcelanas de la señora.

El criado se volvió hacia la ventana abierta, la miró un instante y luego tiró el escudo, que, atravesando la Rue de Rivoli, fue a chocar contra la verja de la terraza del Feuillants, donde se lo disputaron veinte chicuelos. Este espectáculo calmó al parecer al criado, el cual dijo al conde con toda la superioridad de la razón y de la fuerza física:



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