Lamiel

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—Si quería seguir con sus maneras insolentes, debiera habérselas arreglado para conservar a los pobres criados que se las soportaban, debiera no haberse arruinado, no llegar al punto de tener que temer ir a parar a Clichy[21]. Pero el miedo a Clichy le ha obligado a hacer a la señora una venta simulada de los sillones y los espejos que ha metido en este departamento. Cuando se quiere ser un gran señor y un insolente, lo primero que hace falta es no ser pobre. ¿Qué diría su padre, el bravo general De Aubigné, si le viera reducido a no salir de día?

—Bueno, mi querido Jorge, puesto que no ha querido un primer escudo, he aquí un segundo en pago de sus buenos consejos.

Jorge cogió el escudo; hubiera soportado puntapiés del general del Imperio: tan sagrada es la memoria de Napoleón en el pueblo que no ha conservado ningún recuerdo de la República, pues sin soberano no hay grandeza para él.

El conde quedó encantado del resultado de su insolencia. Era una persona que se aburría en cuanto no tenía algo que hacer; su corazón no le proporcionaba absolutamente nada.


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