Lamiel

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—Ahora hay que pensar en madame Le Grand; ¿voy a tratar a la antigua, a la venerable doncella, con una elegante fatuidad, con la altivez que conviene a mi fortuna pasada, o tengo que hacerme el campechano? ¡Diablo, el campechano! —exclamó el conde—; había olvidado por completo a esa espigada señorita Lamiel que hay que conseguir. ¿Qué es esta muchacha? ¿Ha sido ya de alguien, o no es más que una provinciana que huye de las iras de su familia? Si es tonta del todo, le habrá chocado mi borrachera de ayer. Así que campechanía y jovialidad; la Le Grand me echará un sermón, pero sabré algo de Lamiel.

El conde, cuyas ideas se iban aclarando poco a poco, bajó con su magnífica bata.

—Querida madame Le Grand, mi buena amiga, habría que hacer te un poco cargado y contarme un poco lo que hice y dije anoche al volver…

—¡Ah, mademoiselle Lamiel! —exclamó haciendo como que acababa de verla y saludándola con profundo respeto—, daría dos billetes de mil porque anoche hubiera estado en su cuarto a las once. Nos sentamos a la mesa a las ocho; recuerdo que oí dar las diez, pero luego mi alma es un desierto: no veo en ella nada.


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