Lamiel

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—Válgame Dios, señor conde, siento muchísimo tener que decirle cosas desagradables. Ningún criado quiere subir a sus habitaciones: los ha molestado, y yo no puedo despedir a unos individuos pasaderos porque no quieren prestarse a una clase de servicio para la que no han sido contratados. Monsieur Le Grand y yo le rogamos que busque otro alojamiento. ¿Qué extranjero no formará una mala opinión de mi hotel al oír una escena como la de anoche? Me hablaba sin parar y de cosas poco convenientes.

—¡Apuesto que de amor! Nada me interesa en la vida, ni los caballos, ni el juego; soy muy diferente a otros jóvenes; sin un corazón tierno con el que pueda vivir en una perfecta intimidad, me aburro; cada día me parece un siglo, y entonces, para distraerme, dejo que me inviten a comer, y como nada me llena el corazón…

—¡Ah, bribón! —exclamó madame Le Grand abandonando el tono serio—, se atreve a hablar de sentimientos porque hay aquí escuchándole otros oídos que no son los míos. ¿Será capaz de decir que ama algo que no sea un hermoso caballo o un traje bien hecho y de un color nuevo que le sienta bien por la mañana para ir de paseo al Bois de Boulogne, o por la noche a su palco de la Opera o entre bastidores?


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