Lamiel
Lamiel —Me dice usted, mi excelente señora, que tome un alojamiento y criados mÃos. ¿Cree por ventura que un De Aubigné vive por gusto en una fonda, aunque muy decentemente llevada y modelo de todos los establecimientos de su especie? Pero olvida que por el momento estoy arruinado. ¿Acaso sé siquiera si dentro de dos meses podré alquilar dos pobres habitaciones? Pero por fortuna el cielo me ha conservado el carácter de mis antepasados. Mi pariente madame de Maintenon nació en la cárcel, se casó con un bufón innoble, un tal Scarron, y sin embargo murió siendo la mujer del rey más grande que ha ocupado el trono de Francia. En fin, hay dÃas en que mi prisión me aburre, pues dÃgame sinceramente, ¿no es una prisión para mà un hotel, por bien llevado que esté, y unos criados que se niegan a obedecerme? ¿Y puede reprocharme que me deje llevar a un momento de embriaguez que me permita olvidar todas mis desventuras? Demasiado serio soy en este momento de pobreza; tengo la desgracia de estar locamente enamorado, y entiendo de esto, el amor no es una tonterÃa pasada de moda, es una pasión verdaderamente terrible, es el amor de los caballeros de la Edad Media lo que lleva a las grandes acciones.
Lamiel enrojeció vivamente, y el conde lo vio.