Lamiel

Lamiel

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«Ese cuerpo tan bello es mío —se dijo—, ¡qué efecto producirá en la Opera sí puedo vestirla convenientemente! ¡Cuidado!, De Aubigné, quieres meter en la jaula a una joven gacela, y no vaya a saltar por encima de las rejas. Seamos prudentes».

El conde le parecía a Lamiel un joven brillante y muy entretenido; sin embargo, no decía una palabra que no fuera aprendida de memoria, pero por eso causaba más impresión; todas sus elocuentes frases estaban calculadas de antemano y arregladas como para impresionar con brillantes contrastes —de los bellos pasajes de la más encantadora ligereza a las enternecedoras ideas imprevistas—. Veía el efecto que producía en esta muchacha que no decía palabra, sentada en un rincón del gabinete, pero que cambiaba de color en los pasajes más destacados de la exposición de la situación del conde. Los reproches y los consejos de madame Le Grand le daban la ocasión más natural de hablar de él, y él la aprovechaba ampliamente. Veía también que interesaba mucho a madame Le Grand, antigua doncella de casa grande (de la condesa Damas) y acostumbrada a respetar y admirar a los jóvenes ricos que se conducían y obraban con el mundo y con la fortuna como monsieur De Aubigné.



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