Lamiel
Lamiel De Aubigné era una copia de esos jóvenes grandes señores, los últimos de los cuales murieron de vejez en el reinado de Carlos X, unos viejos llenos de pretensiones ridículas y pregonando máximas crueles que, por fortuna, no estaba en su mano aplicar. De Aubigné no era un joven noble despreocupado y alegre, pero era, con relación a un gran señor amable, un joven despreocupado y alegre, Lamiel no tenía bastante mundo para ver esta diferencia. Tenía mucha inteligencia porque tenía un alma grande, pero no una inteligencia de comparación o de estudio, y estaba muy lejos de poder juzgarse a sí misma y a los demás.
Sentada en un rincón y entregada en silencio a las ideas que le bullían en la cabeza, comparaba a De Aubigné con el duque de Miossens y se mostraba injusta con este pobre joven; lo que le perjudicaba en su concepto era sobre todo la naturalidad, la falta absoluta de imaginación, la manera simple de decir las cosas más decisivas, y, en una palabra, un tono perfecto; Lamiel llamaba timidez y prudencia exagerada a las maneras verdaderamente simples y naturales de este simpático joven, mientras que el oropel del conde le parecía trasuntar el carácter más enérgico; veíale lanzarse con una intrepidez verdaderamente caballeresca a lo imprevisto de los acontecimientos.