Lamiel

Lamiel

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Al día siguiente, el conde, que la espiaba desde detrás de su puerta entreabierta, se arriesgó a hablarle cuando subía a su cuarto. Ella respondió fríamente a lo que el conde le decía, pero no se mostró extrañada. Lamiel llevaba escrita en la frente la naturalidad de su carácter.

«Es mía —se dijo el conde—; pero ¿cómo voy a vestirla? No tiene ropa. ¡Dios sabe lo que habrá en esos dos grandes baúles que he visto subir a su cuarto! Yo no le hago la corte por gozar oscuramente en un hotel, como un estudiante de derecho. No voy a gastar mis fuerzas sin lucimiento. Si la deseo, es para ostentar mi lujo, para exhibirla en la Opera y en el Bois de Boulogne, es porque se trata de una primicia, porque tendré que contar su historia, y la adornaré. Necesito lo menos cuatro mil francos para que sea digna de ir de mi brazo. No, señorita, su virtud parece impaciente por dar un mal paso, pero no tendrá ese gusto hasta que yo haya reunido cuatro mil francos. Es preciso que al día siguiente de su derrota lleguen los regalos como el rayo, y que usted sea la primera en creer que trata con un señor opulento que tira el dinero por la ventana, lo que yo era hace dos años».

De Aubigné se entregaba a estos prudentes razonamientos (la prudencia era su fuerte). Lamiel sentía un vivo placer, y le creía el más loco y más natural de los jóvenes.


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