Lamiel

Lamiel

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«Éste no es un pequeño Catón aburrido y siempre igual, como el duque».

El conde estudiaba los momentos de volver al hotel; cuando estaba bien seguro de que Lamiel se encontraba en el gabinete de madame Le Grand, en la planta baja, que tenía una hermosa ventana frente a los soportales de Rivoli y una cristalera que daba a la escalera. A veinte pasos del hotel, adoptaba un paso despreocupado. Pero los acontecimientos no se ajustaron a sus cálculos.

Había reunido aproximadamente cien luises para equipar a su futura amante y estaba pensando ya en la elección del nombre con que la haría debutar en el Bois de Boulogne. La fresca y aterciopelada tez de Lamiel le había decidido a presentarla a la plena luz del Bois de Boulogne más bien que al suave resplandor de los quinqués de la Opera; esperaba encontrar en los comercios otro crédito de cien luises o mil escudos, cuando llegó la época de las carreras de Chantilly. Por desgracia, no se acordó de ellas hasta ocho días antes.

«Ya no me da tiempo a ponerme enfermo —se dijo contristado y golpeándose la frente—. Ese recurso lo han dejado muy gastado D’Eberley y Montandon».

Se puso melancólico y dijo a Lamiel en un tono profundo:

—La adoro y estoy desesperado por usted.


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