Lamiel
Lamiel La misma mañana del día en que el conde pronunció esta frase, madame Le Grand había hablado a Lamiel de su profunda tristeza; la frase no produjo efecto; estaba impregnada de aburrimiento. El duque, que tanto la había aburrido, le habría dicho lo mismo veinte veces mejor. Si en esta época hubiera tenido Lamiel el talento de leer en su propio corazón, habría dicho al conde:
—Me gusta, pero a condición de que no me hable nunca con el lenguaje de la pasión.
El conde estaba disgustado por la idea de Chantilly y todavía muy indeciso cuando, por la noche, aludieron en el círculo de los Jockeys a un amigo suyo, un joven que, al acercarse las carreras del Chantilly, se declaraba enfermo.
«El que mucho abarca poco aprieta, se dijo. ¡Váyase al diablo esa provincianita! Con lo que se dice por ahí de mis finanzas, y con mi pasión por los caballos, estoy perdido sí no me ven en Chantilly».
La víspera del gran día dijo a Lamiel:
—Su crueldad me hace la vida tan insoportable que tendré que matarme.
Estas palabras escandalizaron a Lamiel.
«Pero ¿de dónde saca que soy cruel? —se dijo riendo—; ¿acaso me ha dado nunca ocasión para negarle algo serio?».