Lamiel

Lamiel

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La verdad es que al conde le aburría la compañía de todas las mujeres, sobre todo de las mujeres honestas; y Lamiel, con su perfecta naturalidad y orgullosa de su conversación, le resultaba además una mujer honesta y le aburría mucho más; hacía, pues, la corte a nuestra heroína diciéndole frases; nunca había pasado con ella cinco minutos a solas; su arte consistía en hacer creer a Lamiel que se moría de ganas de hablarle y que su crueldad le privaba de esta ventura.

Lamiel, muy indiferente a lo que llaman el amor y sus placeres, se decía:

«Sí me pongo en relaciones con el conde, me llevará al teatro. Mis mil ciento cincuenta francos están ya bastante desportillados; y el conde no podrá darme dinero, porque no lo tiene».

—Todo sigue igual en mi familia —decía a madame Le Grand—; las elecciones se retrasan, Monsieur de Tourte es seguramente más poderoso que nunca; ese señor liberal, ese redactor del Commerce que vive en el sexto, dice que va a volver la Congregación. ¿Qué puedo hacer para ganarme la vida? Ya no me quedan más que ochocientos francos.


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