Lamiel
Lamiel Lamiel estaba abonada a dos salones de lectura y se pasaba la vida leyendo. Ya casi no se atrevía a pasear o ir en ómnibus sola. Las manchas verdes en la mejilla izquierda no producían ya un efecto seguro. Tenía tan bonito tipo y unos ojos tan inteligentes, que casi no pasaba día sin que tuviera que rechazar proposiciones, a menudo groseras. No se atrevía a hablar más que con madame Le Grand y con M…, su maestro de baile, un joven bueno, honrado y poco inteligente, que no había dejado de enamorarse de su discípula y al cual madame Le Grand había contado lo del subprefecto, monsieur de Tourte y el resto de la historia. Esta vida, en conjunto, no era divertida; la imposibilidad del paseo perjudicaba a la salud de Lamiel, y la privación del teatro remataba el aburrimiento. La fatuidad de De Aubigné habría estado a punto de triunfar si el conde hubiera dado a Lamiel más ocasiones de hablar con sinceridad; era tan poco vanidosa, que se habría confiado a él en el primer momento de disgusto en que la hubiese sorprendido.
En estas circunstancias, llegó Chantilly. El conde fue y perdió diecisiete mil francos en apuestas. Acabó de arruinarse, agotó todo el crédito que le concedían aún y pagó noblemente esta cantidad antes de acabar la semana. En el fondo, el conde Nerwinde era muy prudente y moderado hasta la avaricia.