Lamiel
Lamiel La misión fue una verdadera suerte para la marquesa, que todas las noches tenía una cena de veinte personas. En estas cenas se hablaba mucho de milagros. La condesa de Sainte-Foi y otras veinte damas de los alrededores, que iban todas las noches al castillo, hablaron de mí al señor abate Le Cloud como de un hombre del que se podría hacer algo. Yo observé que aquellas damas tan aristocráticas y tan bien pensantes no creían apenas en los milagros, pero los protegían con toda su influencia. Yo gozaba de todo el espectáculo; no se recataban de mí, pues no perdía un sermón del señor cura; aburrido éste muy pronto de las tonterías que había que decir a las gentes de la comarca, me mostró amistad, y como estaba lejos de tener la prudencia del abate Du Saillard, me dijo una vez:
—Tiene usted una voz bonita, sabe bien el latín, su familia le dejará dos mil escudos a lo sumo: sea de los nuestros.
Reflexioné mucho en esta determinación, que no era mala. Si la misión hubiera durado un mes más en Carville, creo que me habría enrolado por un año en la compañía del abate.