Lamiel

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Si una mujer de parto o un herido mandaba a solicitar ayuda del Señor del pueblo (éste era el título), ella mandaba un luis. La población, comprada de este modo…

En el fondo, madame de Miossens se aburría amargamente; el hombre al que más detestaba como a un infame jacobino no era otro que el amable académico generalmente conocido con el nombre de Luis XVIII.

En esta vida de campo en la que se había sumergido por la repugnancia que le inspiraba París, la duquesa no tenía más distracción que el relato de los chismes del pueblo de Carville, de los que estaba perfectamente enterada por una de sus doncellas, mademoiselle Pierrette, que tenía un amante en el pueblo. Lo que a mí me divertía es que los relatos de Pierrette empleaban los términos más claros, a veces de una energía muy graciosa, al ver que los escuchaba una dama cuyo lenguaje era un modelo de delicadeza, a menudo exagerada.

Me aburría, pues, un poco en el castillo de Carville, cuando nos llegó una misión dirigida por un hombre de gran elocuencia, el abate Le Cloud, que me conquistó desde el primer día.


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