Lamiel

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Madame de Miossens estaba muy por encima de estos castillos. Sus lacayos andaban siempre de acá para allá, de modo que la proveían de todos los frutos tempranos y quería tener todas [palabra ilegible]. Pero quería también que todo el mundo asistiera a sus comidas. Lo conseguía a medias. Desde luego acudían a ingerir sus admirables comidas, que muchas veces costaban cantidades fabulosas y se comentaban en toda la provincia, pero apenas terminado el banquete, dejaban el castillo de Albret [palabra ilegible], aquel castillo que la duquesa hubiera querido que se llamara castillo de Miossens y no de Albret. Dos años antes, su marido sucedió a su padre y, convertido en duque, cambió el nombre del castillo y no sin buenas razones, pero sus nobles vecinos no aceptaron el cambio. Su marido no la ayudaba nada, pues no aparecía nunca por Normandía. Este marido, par de Francia y uno de los más importantes oficiales de la corte de Carlos X, pasaba por ser amigo de este príncipe y apenas salía de las Tullerías, donde se le consideraba como un modelo perfecto de elegancia. Veía a su mujer lo menos posible. Verdad es que era ella la dueña de toda la fortuna de la casa y se lo hacía ver. En cuanto a su hijo, Héctor de Miossens, tenía doce años y estaba terminando la primera enseñanza en el colegio. Iba todos los años a pasar unos meses con su madre. En este género de vida, madame de Miossens se aburría a veces.


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